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lunes, 12 de mayo de 2014

Golpeando las Puertas del Paraíso

por Javier Milei
Como humanos, primero tomamos conciencia del mundo tal como es actualmente. La primera instancia es como tomar una foto instantánea, para luego incorporar el movimiento a la misma. Inicialmente asumimos que la foto instantánea es permanente y no sólo un momento de un viaje cuyo paisaje cambia de manera continua. Quizás esto es porque los cambios son o nos parecen que toman lugar lentamente. Y quizás también porque los cambios son difíciles de anticipar o es difícil pensar acerca de los mismos hacia delante. Además, siempre es mucho más simple mirar hacia atrás.
Si Usted le hubiera preguntado en el año 1.750 a las personas que vivían en aquellos países que hoy definimos como avanzados, acerca de como sería el mundo en el futuro, probablemente le hubieran dicho que no mostraría mayores cambios. De hecho, los datos avalaban la afirmación. Es más, si a las personas de aquel momento le hubiera sugerido que en luego de 200 años países como Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda mostrarían ingresos superiores a los asiáticos en torno a las 13 veces, seguramente lo hubieran tildado de trastornado. Sin embargo, para 1950, el ingreso promedio de los habitantes de estos países (en dólares Geary-Khamis de 1.990) se multiplicó por 20, pasando de USD 500 a USD 10.000. Este nuevo crecimiento fue impulsado por la aplicación de la ciencia y la tecnología al proceso productivo, las mejoras en la logística y en las comunicaciones, las mejoras en la administración y las innovaciones en el marco institucional, como así también la forma en que los gobiernos interactúan con el resto de la economía.
A pesar de ello, esta mejora del crecimiento fue confinada solamente a aquellos países que hoy llamamos avanzados. Esto es, sólo afectó cerca del 15% de la población mundial. Fuera de este grupo, el patrón de crecimiento siguió en línea con los siglos anteriores. Los trenes, los autos, la electricidad y los teléfonos sólo mejoraron la calidad de vida de los países desarrollados, sin mayor impacto sobre el resto del plantea. Así, el patrón global de ingresos se caracterizó por una fuerte divergencia entre los países avanzados y los restantes. Lo importante es captar que dicha foto de la economía del mundo en 1.950 se corresponde con un proceso de 200 años de historia. Un período de quiebre en el proceso económico donde 750 millones de personas vivían en un mundo desarrollados y donde los 4.000 millones restantes quedaron retrasados.
En el mismo sentido, si en 1950 Usted hubiera sugerido que los países en vía de desarrollo se aproximarían a los niveles de Europa y de los Estados Unidos, probablemente hubiera tenido la misma respuesta que en el caso anterior. Pero la foto es una foto y lejos está de ser la película. Terminada la Segunda Guerra Mundial, el patrón cambió nuevamente. Los países en vías de desarrollo comenzaron a crecer. Al inicio este proceso fue lento y se trataba de países aislados. Con el correr de los años, este proceso comenzó no sólo a ampliarse en el número de países sino que además la tasa de crecimiento se aceleró.
De hecho, la propia evolución del término que describe "al 85% restante del planeta" es en sí misma interesante. En algún momento se dejó de hacer referencia a dichos países como pobres para ser llamados subdesarrollados. Luego recibieron el nombre de países menos desarrollados. A continuación se los denominó como países en vías de desarrollo, mientras que recientemente han recibido el nombre de países emergentes. Dicha evolución en el lenguaje utilizado par definir el estado de situación de dichos países refleja la toma de conciencia acerca del proceso de crecimiento que se está experimentando y que naturalmente la situación presente de pobreza no es permanente (como si fuera una suerte de estado estacionario de subdesarrollo). Todo esto sugeriría que estamos transitando el camino de una transición hacia donde al final del mismo se encuentra un alto nivel de ingresos y con una muchísima mejor calidad de vida.
La contrapartida empírica de este proceso de aceleración del crecimiento es la cantidad de años necesarios para duplicar la renta. Así, separando la Era Cristiana en dos períodos: (i) uno que va desde el año 0 al 1.800 y (ii) otro que toma los restantes 200 años hasta el final del Siglo XX, la cantidad de años pasó de 3.649 en el primer período a 63. Es más, si se toman los datos de la última mitad del siglo XX se aprecia que la cantidad de años para que un individuo duplique su ingreso cayó a 33 años.
A su vez, durante el siglo XX es posible apreciar una reversión en la desigualdad entre países. Previo a la Revolución Industrial el mundo desarrollado era dueño del 26% de la renta, número que luego del hito productivo comenzó a crecer hasta alcanzar un máximo del 60% en la década del ‘50. Sin embargo, ese número ha descendido al 45%, mientras que el coeficiente de Gini (el cual mide la concentración del ingreso) cayó desde 0,7 a 0,6. Esto es, los datos no sólo muestran una mejora en la distribución del ingreso sino que además al mismo tiempo brinda confirmación de la hipótesis de la convergencia (en el largo plazo todos los países tenderían al mismo ingreso per-cápita).
En definitiva, como sostiene Michael Spence (Premio Nobel 2001), 1.950 es el punto de partida de un largo viaje de un siglo para la economía mundial. El punto final del mismo podría ser un mundo en el cual, el 75% de la población mundial viva en países desarrollados. Por lo tanto, un mundo mejor es posible. Para lograrlo, durante la transición, es necesario estimular la formación de capital humano (salud y educación), mantener baja la inflación, preservar el equilibrio fiscal, fomentar el comercio exterior y la competencia, flexibilizar el mercado laboral (para los nuevos ingresantes), estimular al ahorro vía una macro estable y proteger los derechos de propiedad para que la inversión provea el stock de capital y el progreso tecnológico

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